Mirando el cielo...

12 septiembre, 2013

Realidades silenciadas

Las palabras generan realidades. Y si no hablo, ¿no existo? Suena correcto. Mentira, suena terrible porque lleva a pensar en las voces silenciadas, en los silencios ruidosos e interpeladores, en las cosas que no se dicen porque ya para qué decirlas si no sirve de nada. Y las cosas que no se dicen porque se asumen que son evidentes, que aunque se esconden en el silencio, no por ello están implícitas.
Callar quizás también es una forma de reiterar victimizaciones. Si me callo, lo permito. Si me callo, no la peleo. Si me callo, se mantiene una y otra vez. Quizás por eso a veces dan ganas espontáneas de gritar. Gritar tan fuerte como se pueda, liberando todo, como si el grito verbalizara todo lo que nunca antes se dijo. Gritar como si no tuviera vecinos que molesten o que llamen a la puerta asumiendo que estás muriendo y esa es la única razón para semejante grito. Aunque gritar de alguna manera represente una muerte: la muerte de ese silencio que ha tapado tanto y nos hizo tanto más daño del que alguna vez creímos que nos podía llegar a ocasionar. 
Y yo? pienso en los vecinos y no grito. Pienso en hablar pero no lo logro. Escribo.

26 marzo, 2013

Desvaríos ansiógenos de ideas tardías

He vuelto aquí. ¿Cómo? No estoy muy segura. ¿Porqué? Creo que debería dejar de preguntarme cosas tan difíciles. No sé. Aunque hay muchas cosas en las que tengo certeza(ish), hay algunas en las que no sé nada. Fabiana Cantilo -y también Andrés Calamaro en otra versión de esa misma canción- dice "no sé lo que quiero". Sabias palabras para esta situación. No sé realmente. Quiero pero no. No quiero, pero sí. Y me lanzo impulsivamente, pensando que se supone que uno debiera hacer cosas impulsivas de vez en cuando (se supone que aún estoy en esa edad)... y a la mitad o cuando se vuelve demasiado real para mi gusto, o cuando el impulso es reemplazado por el siempre canalla cerebro que llega cuando nadie lo ha llamado me doy cuenta que esto no era una buena idea.
Pero además, ellos dicen "pero sé lo que no quiero". Lo que trae otra pregunta, que debiera ser más fácil que la anterior: ¿Qué es lo que quiero?... ¿quién dijo que eso era más fácil?. Quizás lo es, pero no para mí. Sino para gente que en este momento está durmiendo y no como yo que estoy frente a la pantalla descargando desvaríos ansiógenos de ideas tardías. Creo que no quiero complicarme. Quiero la alegría adolescente sin el drama adolescente. Quiero que las cosas pasen sin tener que hacerlas pasar. Por una vez al menos. No quiero sentirme obligada, pero tampoco quiero volverme a poner en la situación de sentirme obligada. 
Quiero lo que los demás parecieran tener. Pero... ¿estaré preparada para tenerlo?

31 octubre, 2011

Ganas

Ganas de qué? de mirarte. No, en realidad de que me mires y yo te mire. De que me mires como antes, como siempre lo habías hecho pero ya no lo haces. De mirarte y no tener que correrte la mirada. Ganas de sentirme como me sentía cuando me mirabas.
Ganas de pensarte. Ganas de saber que me piensas. Ganas de pensarte sin sentirme triste y tonta. Ganas de sonreírme con una expectativa, con un pensamiento, con un recuerdo que realmente huele a recuerdo y nostalgia, y no a melancolía.
Ganas de sentir que las cosas van a estar bien, que esta bien saber pero no saber. Ganas de acomodarme a la incertidumbre del ahora y de todo lo que viene después.
Ganas de ganar. O de no ganar sin sentir que perdí.
Ganas de que me importe algo más.
Ganas de sentirme plena, incluso con esto.
Ganas de chocar contra el fuego como mariposa, aunque sea por un rato.

02 octubre, 2011

Lo pienso y lo vuelvo a pensar

Lo pienso y lo vuelvo a pensar. Pasan unas horas o unos días, pero lo pienso otra vez. Y así y todo, aún no sé qué hacer. ¡Qué desastre!
¿En qué momento llegamos tan rápido a la edad de las decisiones decisivas? ¿Cuándo es que las cosas empezaron a tener que pensarse según lo que pueda suceder después? ¡Qué agotador!
Así es como a veces dan ganas de que el cielo se abriera y bajara la respuesta solita. Si fuera así, todo sería más simple. No tendría que seguir pensado respecto a esto, no tendría que seguir dudando, no tendría que seguir contra el tiempo. Simplemente tendría que hacerlo. O que no hacerlo, así de simple. ¿El problema? Si fuera así, y después me diera cuenta que no era la decisión correcta, solo podría culpar al cielo... qué etéreo... creo que esa culpabilización no serviría de mucho. Quizás me volvería menos creyente. Aunque comparada con las historias de las series de por qué la gente se enoja con Dios, la mía sería harto menos dramática.

Pero el cielo no se abre. Hay algunas cosas que comienzan a delinearse, pero no más que eso. Y el tiempo se acaba, ¿qué hacer?

Dejar de temer

Claro, como si eso fuera tan fácil.

20 marzo, 2011

La moneda cayó... las nubes se van.

La vida nos deja marcas, marcas obvias y otras no tanto. Nos deja huellas que nos cambian, que nos hacen pensar, vivir y sentir distinto. Si no fuera así, todos los pololeos serían como el primero, mamón, dulce, tierno y soñador, sin cuidado acerca de lo que se entrega. Si no fuera así, todas las amistades terminarían porque nos gusta el mismo niño del kínder o porque su muñeca es más bonita que la mía.
Quizás sirva para aprender, quizás sirva para vivir. A estas alturas, no estoy muy segura del para qué. Quizás nunca lo sepa con certeza. No creo que saber el para qué hiciera una gran diferencia. O quizás sí.
Por ahora, solo sé que la moneda cayó, y creo que no es necesario decir para que lado. Las últimas semanas han mostrado suficiente, ojalá se quedaran en eso, no quiero saber más.
Las nubes se van, siempre se van, con o sin tequila o cerveza o vodka o pisco. Menos ron, el ron me hace mal. Ahora a esperar a que el sol regrese, pero de verdad. Por lo menos, a ratos pareciera que se asoma.

24 febrero, 2011

Adiós

La incertidumbre nos preocupa. Es una de esas sensaciones difíciles de explicar, pero que todos conocemos, y que a menos que tengamos certeza de que terminará bien, no nos agrada mucho.
Quizás es por eso que los adióses nos son tan problemáticos, porque querámoslo o no, implican una cierta incertidumbre. Por mucho que uno lo intente, no depende solo de uno el decirle adiós a alguien, depende de ese alguien, pero también de las circunstancias. No es como que yo haya querido que mi primer ex pololo entrara a estudiar a San Joaquín y tomará mi misma micro.
El adiós tiene esa incertidumbre del qué pensará el otro, del si alguna vez se volverán a ver, del qué hacer si eso sucede. Y creo que es de esa incertidumbre no tan buena, porque o sino no habría habido un adiós en primer lugar.
Cerati dice que decir adiós es crecer. Quizás tenga razón. Quizás no, quizás en algunos casos sea arrancar, sea una negación motora. Pero no siempre es así, y me niego a considerar que sea solo una o la otra, me niego a no pensar que a veces simplemente sea que el encuentro fue en la vuelta equivocada.
De todas formas, creo que el adiós no se hace más fácil con los años o la experiencia; puede que lo haga más fácil la interpretación que le entreguemos, pero al final del día, lo que más recordamos es que salió de nuestra boca ese adiós que costó tanto decir y no se puede borrar.

04 febrero, 2011

De un momento a otro, mi cabeza y mi cuerpo tomaron esa sensación de entre anestesia, ligereza y pesadez que entrega el alcohol. Me puse a pensar leseras, en cómo las lais mantenían su pelo desenredado, porque el mío es igual de liso pero se enreda harto, de puro caminar. En que no había ningún local con nombre de puerto, a pesar de que estábamos al frente del puerto. Y así y todo, por primera vez en una buena cantidad de días, no temí por el evento sísmico grado ocho.
Comprendí a cabalidad porqué la gente toma cuando está triste, en esa sensación de globo aerostático (asumiendo que así se sienten los globos aerostáticos, claro) es difícil sentirse mal, pero se siente venir la verborrea, y ahí entendí también porqué a la gente le da por hablar de sus penas cuando toma a causa de las mismas, y no hablan sobrios.
Prendí otro cigarro, este se sentía más divertido que los anteriores. Fumaba y exhalaba el humo hacia el cielo estrellado y poco frío a esas alturas de la Caipiroska, mientras de a poco empecé a darme cuenta que conocía la canción que tocaba la banda, esa misma que tenía un guitarrista que era como Nemo para tocar. Era Marc Anthony, y eso hizo más difícil no recordarlo.
Una piteada más, y escuchaba que valió la pena. Claro que sí, pero sería más choro sentirse mejor.