Mirando el cielo...

25 junio, 2006

Lleno mi panza de palabras...

Así es, lleno mi panza de palabras que -como bien dice una canción de miranda!- no diría jamás, que el miedo, el tiempo o el simple sentido común hacen que prefiramos dejarlas en el silencio de nuestra pancita, aunque cada vez nos veamos más gordos...

El no decir lo que se piensa puede ir por múltiples razones, en lo personal creo que es más por miedo que otra cosa (claro hay excepciones racionales), miedo a la reacción provocada, miedo a que al decir las cosas se vuelvan reales, siendo que si se quedan en el anonimato podemos engañarnos con que son solo producto de nuestra extraña y loca imaginación. El problema nace cuando en realidad era necesario decirlas, cuando ya no pueden seguir en la panza por que comienzan a molestar, ya no nos podemos mirar como antes, las cosas cambian y aunque digamos lo que hay en la panza, la probabilidad de que cambien para mejor es bajísima, sentimos que hay que decirlas de todas formas; quizá el otro debería saberlas, quizás no, nunca sabremos eso con seguridad y ahí vuelve a jugar el miedo -tema tan recurrente de este blog...- y la inseguridad vuelve, flaquear es inevitable y el silencio se nos vuelve más cómodo de lo que esperábamos...

Hay veces en que somos valientes y afrontamos el miedo, seguimos adelante y nuestra panza se vacía un poco, no sé en realidad si nos sentimos mejor o peor después, va variando, pero quedamos con la idea de que "lo hecho hecho esta", que nos hay vuelta atrás, las cosas han cambiado momentaneamente pero el mar siempre vuelve a la calma; hay otras en que preferimos el silencio, puede que sea más doloroso, pero también puede ser más cómodo... aunque nos puede llevar al eventual alejamiento, al resentimiento por las cosas no dichas y a la herida sin cicatrizar.

Corremos bajo nuestro propio riesgo, es nuestra elección personal: ser valientes a decir todo lo que queremos decir y dejar nuestra panza más relajada, o vivir en el silencio doloroso diciendo lo que tenemos que decir, viendo el lento distanciamiento sin poder hacer nada para evitarlo; finalmente, ¿qué hacer?... siempre he sido cobarde y quizás ya es tiempo de cambiar.

10 junio, 2006

Mi lindo globito

"Mi lindo globito de rojo color,
subía y subía
para ver el sol.
De pronto se escapó,
no sé qué sucedió,
mi lindo globito...
¡pum! reventó"

"Todo lo que sube tiene que caer"

Asumiendo que el lector ha escuchado la canción y la frase indicadas arriba, ambas lo suficientemente comúnes como para haberlas escuchado más de una vez. Las dos nos hablan de iguales temas, solo lo dicen de maneras diferentes... ambas nos estan predisponiendo a vivir con la constante idea de que las cosas no son tan buenas como se ven, que mientras mejor esten (arriba), es más probable que se caigan, que el globito de rojo color se reviente en un estrepitoso ¡pum!.

Nos estan enseñando desde la cuna a nunca arriesgar demasiado porque uno nunca es feliz cuando el globito desaparece y luego revienta, sabe que el llanto es inevitable después del pum, ese al que las madres con los años logran soportar pero desde afuera a veces duele como si fuera lo peor del mundo. Pero se nos olvida la canción del globito... lo dejamos volar hasta el cielo, lo observamos y disfrutamos de lo lindo que se ve, feliz, con el cielo como límite y cuando menos lo esperamos se nos desaparece, ¿qué pasó con globito de rojo color?, ¿para dónde se nos fue?, simplemente no lo sabemos... pero la ausencia se empieza a sentir, nos hace falta nuestro globito. Hasta que en medio de la incertidumbre misma debido al paradero de nuestro nuevo amigo se escucha el sonido de lo que más temíamos, ese presentimiento que tratamos tantas veces de acallar pero nos fue ganando poco a poco, el estruendo de lo inevitable y fiel reflejo de la infantil canción: ¡pum!, reventó el tierno globito; el que había subido tan alto tuvo que caer, lo que nos habían cantado desde los más tiernos años, lo que nos habían dicho tantas veces a modo de moraleja de una fábula jamás contada...lo olvidamos, quisimos olvidarlo pero la realidad nos golpeó duro y frío una vez más.

¿La realidad?, no, fue la simple sugestión a la que nos entregamos (entregaron) desde la primera vez que nos cantaron el lindo globito, sin saber la cantidad de puertas que nos cerrarían en el futuro, la cantidad de sueños que dejaríamos morir por la idea de que eventualmente nuestro globo se reventará... terminamos viviendo sin riesgos porque en nuestro inconsciente quedo la idea del globo rojo reventado y el niño pequeño llorando por su terrible y sorpresiva perdida.

Esta sugestión tipo método conductista a la que estamos expuestos debería acabar, la gracia es arriesgarnos porque las cosas no siempre caen al suelo, hay veces que se mantienen en lo alto y así mismo nos hacen elevarnos a nosotros también... pero a veces tienen que caer, se vuelve necesario que choquen contra el suelo y hagan ruido tal que no se es capaz de callarlo bajo ninguna circunstancia, pero la gracia es haberse arriesgado al qué podía pasar, a vivir, a experimentar, disrutar y soñar con las posibilidades que podían aparecer y aunque no hayan aparecido, se sintió todo eso y más además de la dura caída, eso hace pensar que en realidad valió la pena el intento y ya aparcerá un globito nuevo en el cielo que nos sumirá en una nueva aventura. Por el futuro, esos niños que merecen vivir con todo lo que se implica, hay que modificar el lindo globito porque ese emblema de la infancia puede ser más contraproducente de lo que creemos.