Mirando el cielo...

30 abril, 2007

Día de otoño

Las hojas del otoño caían sin más remedio. Le encantaba esa época del año, las caminatas por el parque con el abrigo largo, el día nublado y las hojas crujientes eran sus predilectas.Hoy el día estaba perfectamente otoñal, perfecto para una de esas caminatas.

Tomó su abrigo, su bufanda, su bastón y el sombrero; caminó por el parque lentamente, nada le apuraba, podía pasarse el día completo en esto. Se sentó en una banca de la plaza y comenzó a observar a su alrededor. "Quizás hoy sí" pensó un momento, era su esperanza, que hoy sí, que hoy ella volvería.

Diez añós pasaban ya desde la última vez, esa vez en que sintió como un pedazo de su corazón se alejaba y no podía hacer nada para detenerlo. Ella dijo adiós con sus ojos, esos ojos que desde la primera vez que lo miraron lo volvieron incapaz de ir contra la voluntad de esa niña, su niña.

Esa mariposa que quería volar sola. Siempre fue así, hasta que un día lo logró. Quiso conocer las nubes por su cuenta, no que se las enseñaran, y así partió al vuelo, ese vuelo que aún no la traía de vuelta a casa. Los años pasaron y él siguió esperándola, siempre creyendo en que volvería, tal como ella lo había dicho al partir.

Recordó el momento. Beso en la mejilla, sonrisa mezclada con nerviosismo, un te quiero, un cuídate y una lágrima tratando de esconderse. Eso había sido todo, ¿o había más?, costaba saberlo, el paso del tiempo era cada vez más estricto con su memoria.

Empezaba a oscurecer y hoy otra vez no había sido el día; "quizás mañana" se dijo tratando de convencerse, tratando de convencer a la esperanza. Se paró y caminó fuera de la plaza. Quizás el próximo día de perfecto otoño le traería más suerte.

20 abril, 2007

Me sobran los motivos

Otra vez se encontraba en la misma situación, ¿cuántas veces habían sido ya?, ¿3?, ¿5?, no, esta ya era la décima, récord no fácil de cumplir, la mayoría solo llegaba a lo más a la quinta. Pero él no, él desde la primera vez supo que tenía una capacidad especial para hacer estas cosas, una especie de don, tenía esa frialdad y precisión que en realidad no era simple alcanzar...incluso se estaba volviendo cada vez mejor.

Las cosas no habían comenzado así, solo que... ella, la primera de todas, todavía podía oler su perfume al pensarla. Esto era culpa de ella, quien lo hice perderse por primera vez, perderse como nunca creyó que lo haría; hasta que las cosas empezaron a fallar, él no quería pero ella lo obligó a hacerlo, lo hizo nublar su mente y despertar cuando los hechos ya habían sido consumados y no había pie atrás. Así comenzó todo, así fue como en todas terminaba siempre viéndola a ella; eso que ahora se había vuelto una costumbre, una adicción, el final que inevitablemente siempre tenían las mujeres en su vida.

"Todo paso tan rápido", eso es lo que siempre escuchaba que la gente decía en su defensa, claro, era lo más simple de decir; ¿para qué decir que secretamente siempre había querido hacerlo pero nunca tuvo el valor de hacerlo? no, eso sería aceptar la culpa, sería al final decir que fue premeditado y eso nunca es buena defensa. Podía decir muchas cosas, pero a medida que volvía sus ojos y miraba lo que había hecho y recordaba el porqué, menos arrepentimiento sentía... así tenía que ser.

En un lugar de su mente empezó a recordar una canción, hace mucho que no la escuchaba pero al comnezar a tararearla se dió cuenta de lo apropiada que era para el momento "no abuses de mi inspiración... te lo dije y no quisiste escucharme, pero seamos realistas, tuve mis razones, y a mi por lo menos... me sobran los motivos...lo sabes"

Fue lo último que le dijo, termino de limpiar el cuchillo, se dió la media vuelta y salió para confundirse con la multitud que deambulaba por las calles en la oscuridad de la noche, era un perfecto extraño, tan común que nadie nunca sospechaba de él, nadie lo recordaba, nadie se daba cuenta de que el asesino de Viena estaba más cerca de lo que pensaban.

13 abril, 2007

La copa de vino

Era la hora acordada y él aparecía en el umbral de la puerta. Siempre era así, puntual y adecuada su llegada, casi planificada. Se sentó a su lado, ambos sabían por qué estaban ahí. Uno citó y el otro sabiendo que no había nada más que hacer, solo acató.

Los minutos pasaban y las palabras no aparecían, simplemente no salían, estaban en el aire pero ninguno de los dos era capaz de tomarlas como propias. Tomó entre sus dedos la copa y pausadamente meció el vino que aún permanecía en ella, y en ese instante las palabras que llevaba horas esperando escuchar resbalaron de los labios de él. Estaba preparada, o por lo menos eso pensaba, porque al escucharlas de todas fromas calaron frío en sus huesos y el nudo de su estómago se hizo aún más tirante (¿o más suelto?). Respiró hondo y hablo en favor de lo insalvable, de lo que ni ella consideraba resucitable, fue casi por costumbre; esos abriles en el parque eran oficialmente un recuerdo de lo que no se pudo.

Pasó el tiempo y ya no había nada más que decirse, ¿y ahora qué? se preguntaron ambos con sus silencios pero ninguno sabía el protocolo, ella simplemente se despidió, trató de ser dulce en su adiós pero no pudo evitar que sonara a un hasta nunca, se puso de pie, tomó su abrigo y camino por la fría calle ya casi invernal, dejando atrás una parte de su vida, dejando atrás a un hombre y una copa de vino a medio beber.