La odiaba. Bueno, quizás usar el verbo odiar era un poco fuerte, quizás exagerado, pero de cualquier forma sabía que no la soportaba. Estaba cansada de luchar contra un fantasma que no le peleaba de vuelta, uno que existía solo porque ella le había dado lugar a su existencia.
Era culpa de ella misma, por ser tan insegura, por tener tantas ganas de que las cosas duraran para siempre, por no querer que con ella se repitiera la misma historia.
La odiaba, la verdad no sabía que haría si es que la volviera a ver, probablemente nada, porque bueno, la verdad, nunca hacia algo. A veces se sentaba a pensar él porqué de ese sentimiento hacia ella. Quizás porque le representaba todo aquello que le gustaría ser para él, eso que ya nunca podría serlo. Ella fue la primera a la que miró de esa manera, a la que abrazó así y a la que recorrió con sus manos como lo hacia con ella ahora. Pensar todas esas cosas solo le hacia daño a ella misma, pero a veces no podía evitarlo, no sabía cómo llegaba a ese lugar, ese que luego la llenaba de temores que no podía hacer desaparecer fácilmente. La mataba saber eso, la mataba pensar eso, pero no quería perderlo, no como ella pudo porque al final del día, siempre se daba cuenta que el mundo sin él no era un lugar feliz.
Quizás si la viera otra vez sería diferente, quizás ahora sí que le demostraría como se sentía. Quizás presumiría que ella es la que está con él ahora, quizás le diría pesadeces, o en el caso más lejano la golpearía con todas esas ganas poco de señorita que tenía de hacerlo. No, no la golpearía, a pesar de que las ganas no faltasen.
Sabía que con el tiempo debería superarlo, puesto que en algún momento, más temprano que tarde, él se daría cuenta, la conocía demasiado bien como para que ese odio pasara desapercibido; y ese odio en la línea de lo enfermizo podía hacer que el peor de sus miedos se materializara.
