Reinas
Cuando éramos chicas, todas íbamos a ser reinas. Inevitablemente, era simplemente la ley de la vida, porque éramos princesas en nuestras casas, ergo, con el tiempo, seríamos reinas. ¿Cómo es que desde ahí llegamos a ser los desastres que somos hoy?
Muchas culpan a Disney, por vendernos el cuanto de hadas, yo culpo a las memas que no superaron la etapa o no aprendieron a distinguir fantasía de realidad, ya que claramente no deberían ir a ver películas de ficción o leer Cien años de Soledad.
Quizás sí seamos reinas, con o sin príncipe que nos haya rescatado, quizás lo somos en la medida en que aprendemos sobre la marcha; somos reinas cada vez que queriendo golpear a alguien, no lo hacemos, somos reinas cada vez que somos capaces de darnos la vuelta con la frente en alto, aunque sea para luego bajarla y llorar como si hubiésemos perdido el alma, somos reinas cada vez que le sonreímos a alguien y a través de esa sonrisa entregamos un poco de nosotras mismas. Porque aunque suene ególatra decirlo, si lo pensamos, somos parte importante de la vida de muchas personas, porque así como mis amigos son inmensa parte de mi, yo sé que soy parte de ellos, y eso es lo que permite la amistad a pesar de la distancia y el tiempo.
No existen los príncipes azules. Ni en ningún color. La gente no es perfecta y he ahí la gracia, dentro de la imperfección ver al otro lo más perfecto que puede ser; es tal como dice Pablo Milanés, solo porque se acerca a lo que soñamos, y por eso ya es perfecto. No podemos pedirle peras al olmo, porque el olmo tampoco nos pide peras a nosotras, hay que aprender a quererse para así querer de verdad, porque en el mundo real, no todos son altos y atléticos, contestan siempre el teléfono, tienen paciencia infinita ni pueden saber lo que nos pasa sin que tengamos que decírselos; vienen en todas formas, tamaños y colores, y hay que aprender a apreciar eso, porque hacen el esfuerzo. Además, no todas somos las hermanas perdidas de Megan Fox, y no por eso nos quieren menos, o por lo menos, no deberían, y si efectivamente nos quieren menos solo por eso, quizás no merecen que los queramos.
Todas somos reinas, pero hay que aprender a pasar de princesa a reina, hay que aprender a hacerse cargo de una misma, a meter la pata pero también a sacarla, porque una reina es independiente, aunque eso no quiere decir que no necesite a nadie, sino que puede hacer las cosas sola si es que tiene que hacerlo.
Si todas somos reinas, ellos a su forma, son todos príncipes, solo que hay que aprender a mirarlos, aunque a veces eso implique mirar no tanto con los ojos, porque es fácil engañarlos, sino con algo que sea más certero. Siempre hay margen de error, si no lo hubiera, no habría atractivo, pero eso no implica que se deje de ser reina o que los príncipes se acaben.; nunca se sabe cuando llegará un príncipe que por una se vuelva rey. Los finales felices existen, pero hay que trabajarlos, porque la vida real no es igual a la de los cuentos, pero algo de ellos tiene, solo hay que aprender a buscarlo.
Muchas culpan a Disney, por vendernos el cuanto de hadas, yo culpo a las memas que no superaron la etapa o no aprendieron a distinguir fantasía de realidad, ya que claramente no deberían ir a ver películas de ficción o leer Cien años de Soledad.
Quizás sí seamos reinas, con o sin príncipe que nos haya rescatado, quizás lo somos en la medida en que aprendemos sobre la marcha; somos reinas cada vez que queriendo golpear a alguien, no lo hacemos, somos reinas cada vez que somos capaces de darnos la vuelta con la frente en alto, aunque sea para luego bajarla y llorar como si hubiésemos perdido el alma, somos reinas cada vez que le sonreímos a alguien y a través de esa sonrisa entregamos un poco de nosotras mismas. Porque aunque suene ególatra decirlo, si lo pensamos, somos parte importante de la vida de muchas personas, porque así como mis amigos son inmensa parte de mi, yo sé que soy parte de ellos, y eso es lo que permite la amistad a pesar de la distancia y el tiempo.
No existen los príncipes azules. Ni en ningún color. La gente no es perfecta y he ahí la gracia, dentro de la imperfección ver al otro lo más perfecto que puede ser; es tal como dice Pablo Milanés, solo porque se acerca a lo que soñamos, y por eso ya es perfecto. No podemos pedirle peras al olmo, porque el olmo tampoco nos pide peras a nosotras, hay que aprender a quererse para así querer de verdad, porque en el mundo real, no todos son altos y atléticos, contestan siempre el teléfono, tienen paciencia infinita ni pueden saber lo que nos pasa sin que tengamos que decírselos; vienen en todas formas, tamaños y colores, y hay que aprender a apreciar eso, porque hacen el esfuerzo. Además, no todas somos las hermanas perdidas de Megan Fox, y no por eso nos quieren menos, o por lo menos, no deberían, y si efectivamente nos quieren menos solo por eso, quizás no merecen que los queramos.
Todas somos reinas, pero hay que aprender a pasar de princesa a reina, hay que aprender a hacerse cargo de una misma, a meter la pata pero también a sacarla, porque una reina es independiente, aunque eso no quiere decir que no necesite a nadie, sino que puede hacer las cosas sola si es que tiene que hacerlo.
Si todas somos reinas, ellos a su forma, son todos príncipes, solo que hay que aprender a mirarlos, aunque a veces eso implique mirar no tanto con los ojos, porque es fácil engañarlos, sino con algo que sea más certero. Siempre hay margen de error, si no lo hubiera, no habría atractivo, pero eso no implica que se deje de ser reina o que los príncipes se acaben.; nunca se sabe cuando llegará un príncipe que por una se vuelva rey. Los finales felices existen, pero hay que trabajarlos, porque la vida real no es igual a la de los cuentos, pero algo de ellos tiene, solo hay que aprender a buscarlo.

1 Comments:
¿Sabes cómo me llamo yo? Camy. Bueno....desde el colegio...
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Anónimo, at 25 enero, 2010
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