Mirando el cielo...

13 abril, 2007

La copa de vino

Era la hora acordada y él aparecía en el umbral de la puerta. Siempre era así, puntual y adecuada su llegada, casi planificada. Se sentó a su lado, ambos sabían por qué estaban ahí. Uno citó y el otro sabiendo que no había nada más que hacer, solo acató.

Los minutos pasaban y las palabras no aparecían, simplemente no salían, estaban en el aire pero ninguno de los dos era capaz de tomarlas como propias. Tomó entre sus dedos la copa y pausadamente meció el vino que aún permanecía en ella, y en ese instante las palabras que llevaba horas esperando escuchar resbalaron de los labios de él. Estaba preparada, o por lo menos eso pensaba, porque al escucharlas de todas fromas calaron frío en sus huesos y el nudo de su estómago se hizo aún más tirante (¿o más suelto?). Respiró hondo y hablo en favor de lo insalvable, de lo que ni ella consideraba resucitable, fue casi por costumbre; esos abriles en el parque eran oficialmente un recuerdo de lo que no se pudo.

Pasó el tiempo y ya no había nada más que decirse, ¿y ahora qué? se preguntaron ambos con sus silencios pero ninguno sabía el protocolo, ella simplemente se despidió, trató de ser dulce en su adiós pero no pudo evitar que sonara a un hasta nunca, se puso de pie, tomó su abrigo y camino por la fría calle ya casi invernal, dejando atrás una parte de su vida, dejando atrás a un hombre y una copa de vino a medio beber.


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