Lleno mi panza de palabras...
Así es, lleno mi panza de palabras que -como bien dice una canción de miranda!- no diría jamás, que el miedo, el tiempo o el simple sentido común hacen que prefiramos dejarlas en el silencio de nuestra pancita, aunque cada vez nos veamos más gordos...
El no decir lo que se piensa puede ir por múltiples razones, en lo personal creo que es más por miedo que otra cosa (claro hay excepciones racionales), miedo a la reacción provocada, miedo a que al decir las cosas se vuelvan reales, siendo que si se quedan en el anonimato podemos engañarnos con que son solo producto de nuestra extraña y loca imaginación. El problema nace cuando en realidad era necesario decirlas, cuando ya no pueden seguir en la panza por que comienzan a molestar, ya no nos podemos mirar como antes, las cosas cambian y aunque digamos lo que hay en la panza, la probabilidad de que cambien para mejor es bajísima, sentimos que hay que decirlas de todas formas; quizá el otro debería saberlas, quizás no, nunca sabremos eso con seguridad y ahí vuelve a jugar el miedo -tema tan recurrente de este blog...- y la inseguridad vuelve, flaquear es inevitable y el silencio se nos vuelve más cómodo de lo que esperábamos...
Hay veces en que somos valientes y afrontamos el miedo, seguimos adelante y nuestra panza se vacía un poco, no sé en realidad si nos sentimos mejor o peor después, va variando, pero quedamos con la idea de que "lo hecho hecho esta", que nos hay vuelta atrás, las cosas han cambiado momentaneamente pero el mar siempre vuelve a la calma; hay otras en que preferimos el silencio, puede que sea más doloroso, pero también puede ser más cómodo... aunque nos puede llevar al eventual alejamiento, al resentimiento por las cosas no dichas y a la herida sin cicatrizar.
Corremos bajo nuestro propio riesgo, es nuestra elección personal: ser valientes a decir todo lo que queremos decir y dejar nuestra panza más relajada, o vivir en el silencio doloroso diciendo lo que tenemos que decir, viendo el lento distanciamiento sin poder hacer nada para evitarlo; finalmente, ¿qué hacer?... siempre he sido cobarde y quizás ya es tiempo de cambiar.
El no decir lo que se piensa puede ir por múltiples razones, en lo personal creo que es más por miedo que otra cosa (claro hay excepciones racionales), miedo a la reacción provocada, miedo a que al decir las cosas se vuelvan reales, siendo que si se quedan en el anonimato podemos engañarnos con que son solo producto de nuestra extraña y loca imaginación. El problema nace cuando en realidad era necesario decirlas, cuando ya no pueden seguir en la panza por que comienzan a molestar, ya no nos podemos mirar como antes, las cosas cambian y aunque digamos lo que hay en la panza, la probabilidad de que cambien para mejor es bajísima, sentimos que hay que decirlas de todas formas; quizá el otro debería saberlas, quizás no, nunca sabremos eso con seguridad y ahí vuelve a jugar el miedo -tema tan recurrente de este blog...- y la inseguridad vuelve, flaquear es inevitable y el silencio se nos vuelve más cómodo de lo que esperábamos...
Hay veces en que somos valientes y afrontamos el miedo, seguimos adelante y nuestra panza se vacía un poco, no sé en realidad si nos sentimos mejor o peor después, va variando, pero quedamos con la idea de que "lo hecho hecho esta", que nos hay vuelta atrás, las cosas han cambiado momentaneamente pero el mar siempre vuelve a la calma; hay otras en que preferimos el silencio, puede que sea más doloroso, pero también puede ser más cómodo... aunque nos puede llevar al eventual alejamiento, al resentimiento por las cosas no dichas y a la herida sin cicatrizar.
Corremos bajo nuestro propio riesgo, es nuestra elección personal: ser valientes a decir todo lo que queremos decir y dejar nuestra panza más relajada, o vivir en el silencio doloroso diciendo lo que tenemos que decir, viendo el lento distanciamiento sin poder hacer nada para evitarlo; finalmente, ¿qué hacer?... siempre he sido cobarde y quizás ya es tiempo de cambiar.

1 Comments:
Mi pancita está llena de sentimientos, los cuales dejo salir -sí o sí- bajo las palabras más adecuadas que mi corazón me aconseja. Porque si dejaramos que las palabras salieran así, sin más, sin filtro alguno, las heridas que pueden llegar a causar bien pueden ser irreversibles. Otras veces, el silencio es el mejor aliado en el arte de no herir, por lo que el sentimiento sale de la panza calladito. Tal vez con un gesto, un guiño o un adios.
Pero siempre hay que dejarlas salir. Callar. Callar ante la opcion de expresar no sé si es la mejor opción. Es una. Nálida por supuesto, pero no podemos pasárnosla la vida entera con cosas guardadas. Tarde o temprano salen. Todas juntas. Y eso sí que duele.
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Mariel Ardilla, at 25 junio, 2006
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